Habían encontrado la llave del conocimiento, no existía un mundo de ideas, ni una separación entre alma y cuerpo. El alma, única y perfecta, había quedado reducida a millones de pequeños fragmentos, separados entre sí y encerrados en diferentes cuerpos. Eso era el cuerpo, el arma del alma, su manera de mantenerse viva. Un pequeño secreto del destino, una consecuencia de su ansia por sobrevivir. Gracias al avance de su ciencia, ya no eran robots del sentir, sino guerreros privilegiados. Contaban con casi todas las armas necesarias para librar una batalla sin precedentes. Los grilletes se empezaban a aflojar conforme la existencia cobraba sentido, mientras tanto, la curiosidad comenzaba a emanar. El desafío despertaba como un gran dragón que abandonaba su sueño con ansias de aniquilar, quedaba ya menos pasos para ser libres de sus cadenas humanas. El carrete de fotos iba a ser revelado, la creación tenía cita con lo creado, un pequeño pero furioso interrogatorio. El hijo pródigo tenía muchas ganas de conocer a Papá.
“Después de descender a la Tierra el alma tiene reminiscencias del mundo de la verdadera existencia…A menudo nuestro aprendizaje consiste en recordar lo que una vez supimos en otra vida”
Sócrates

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